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Hubo un tiempo en que creí que creía; en aquella época todos los colegios eran católicos por obligación, incluso los privados que no pertenecían a ninguna orden religiosa. Había que ir a misa una vez a la semana en horas de clase -solía ser el viernes-, hacer la primera comunión y aprenderse a fondo el Catecismo, so pena de recibir una colleja por cada respuesta errada.

Creí que creía por inmersión, porque fuera de aquello todo era el mal y el pecado, vivíamos rodeados de catolicismo en el colegio, en casa, en la televisión, en las fiestas dedicadas a cuántos santos había. Eso ocurría desde los tres o cuatro años, cuando todavía no eras capaz de discernir entre la realidad y la ficción. Si todo el mundo creía y te decía lo mismo, ¿Cómo podía no ser cierto?

Dios era como las matemáticas o como la química, no se podía ver pero estaba ahí. En todas partes, vigilándote, sabiendo qué pensabas en cada momento porque Dios estaba dentro de cada uno de nosotros. Habíamos nacido en pecado y nos sentíamos todo el tiempo culpables de no sabíamos qué; de tener malos pensamientos, de mirar a otras niñas, de pelearte en el patio sin poner la otra mejilla. De incumplir los mandamientos, de dejarnos llevar por la mitad de los pecados capitales...

catecismoY entonces había que confesar. Los hombres y los niños, de frente, las mujeres y las niñas por los laterales para evitar el contacto físico. El cura te hacía preguntas, así era más fácil porque solo tenías que asentir o negar. ¿Te has tocado, hijo?¿Has tocado a otros? ¿Miras con deseo a las niñas?¿Miras a tus hermanas o las tocas? A pesar de nuestra edad temprana y de que la mitad de las preguntas ni las entendíamos, hasta nosotros nos dábamos cuenta de que allí existía cierta obsesión con el sexo.

Luego, ya sin darle tanta importancia, venían las preguntas sobre palabrotas, blasfemias, malos pensamientos, falta de fe, peleas y un sinfín de temas que variaban de un cura a otro. Nos ponían una penitencia -rezar tantos padrenuestros, ir a misa tantos días seguidos, pedir perdón si habíamos ofendido a alguien- y nos íbamos en gracia de Dios con mucho cuidado de no pecar en los siguientes días, no fuésemos a estropearlo todo otra vez.

Vivir era una amargura contínua, un dolor innecesario para un niño tan pequeño. Para todos los niños que soportábamos aquella presión de culpabilidad sobre nosotros.

Nos arruinaron gran parte de la infancia y muchos, a pesar de seguir estudiando, de terminar carreras universitarias o de convertirse en científicos, jamás supieron sacudirse de encima la pesada losa de la religión. Otros tuvimos más suerte y tal vez por casualidad, dimos con otro camino en el momento en que fuimos capaces de pensar con racionalidad; nos informamos, supimos qué era el mundo, comparamos, nos hicimos miles de preguntas y llegamos a la conclusión de que, intelectualmente, habían abusado de nosotros. Jamás se lo perdonaré.

Lo malo es que cincuenta años más tarde nada ha cambiado; quizá el maquillaje bajo el que se esconde la misma cara, quizá las formas, un poco más sutiles pero igual de eficaces. La losa que nos aplastó a nosotros sigue aplastando a las siguientes generaciones y Dios sigue presente, no solo en las escuelas privadas y concertada, sino que también en las públicas.

Han quitado las fotos de las paredes, pero mantienen las ideas en sus pútridas cabezas. Dios sigue ahí.

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