Relatos
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Viernes, 13 Marzo 2015 00:52

Sin ganas

Yo no sé si a estas horas debería estar ya en la cama y no tratando de escribir no sé muy bien lo qué, porque lo cierto es que no sé ni por dónde empezar. Como dicen mis hijas, se me va la olla, solo que a ellas se les va porque andan más pendientes de sus juegos y de sus asuntos y a mí porque hace un mes que trato de envolverla en una niebla de pastillas que la mantenga alejada de ciertos pensamientos que en nada me ayudan.  

Me hundí en el primer shock, cuando el 6 de febrero me dijeron que padezco un tumor cerebral; tardé una semana en levantarme de la cama del hospital y en poder hablar con alguien, había caído al infierno y era un trozo de carne; de allí no se sale sin ayuda, pero vinieron a buscarme mis amigos y ya en la superficie me dieron aire y me sostuvieron en pie. Todo esto a lo mejor no debería ni contarlo, supongo que a nadie de los que leen este blog les importará nada que vaya más allá de la fantasía y la literatura con que trato de construir mis relatos; hoy queda poco de ambas, no me siento ya capaz de hilar historias ni en mi cabeza cabe otra cosa que ese caos del que hablaba hace unas líneas y del que tanto me cuesta hablar. 

Quizá los primeros días, cuando dejé la paz del hospital, fueron relativamente más tranquilos; excepto el nerviosismo de no tener todavía un diagnóstico, no había cambios físicos que me impidieran moverme, pasear, hacer una vida normal que alejara un poco los malos pensamientos, esos que se incrustan en tu cabeza y te dicen que ya tienes una fecha de caducidad, pero a los que intentas no hacer mucho caso.  

angelcaidoA pesar de la niebla medicinal que aleja las neuronas para que no se pasen demasiada información unas a otras, a pesar del resto de medicación que solo trata de mantener las cosas un poco tranquilas hasta comenzar las terapias, el pensamiento fluye sin parar y nada es como antes ni se piensa como antes ni se siente lo mismo que antes; un poco por ese caos que lo llena todo y que no te deja ordenar los pensamientos, otro poco porque las cosas que tenían un sentido ahora comienzan a tener otro, lo importante ha dejado de serlo, el tiempo ya no tiene el mismo valor, las preguntas que antes te hacías ya no sirven y ahora son otras diferentes las que ocupan esos lugares especiales que a lo mejor ya ni lo son. 

Sí, me siento cansado. Físicamente cansado, sin fuerzas más que para comer y dormir, vestirme y salir a por el pan para luego volver a casa arrastrando los pies como si hubiera estado andando varias horas. Mentalmente cansado, mentalmente también confuso, sin saber qué pensar en cada momento, como si cada vez que tuviera que tomar una pequeña decisión -pollo o carne, patatas o arroz- hubiera de hacer un gran esfuerzo. 

Con todo y a pesar del ahogo continuo del que no encuentro manera de escapar, la mente se las arregla para que todo sea como estar viendo una película en la que el protagonista es otro; estás ahí sentado y hay alguien que se muere, pero tú eres un espectador y te parece que todo sigue igual; tus hijas vuelven del colegio como siempre, los horarios no han cambiado, te levantas a la misma hora y sigues programando las vacaciones de semana santa como si realmente fueras a disfrutarlas, aunque sabes que el que ya no puede conducir eres tú, el que esos días vomitará la quimioterapia no es ese personaje de la película, eres tú, el que estará consumiendo, quien sabe, unos días irrepetibles vas a ser tú...

Y sin embargo sé qué necesito salir de aquí, hablar con alguien, tomar un café en una terraza y ver a la gente con sus vidas, con sus problemas y con sus niños jugando en el parque; necesito explotar, llorar en algún hombro prestado, desahogar toda esta confusión y expulsar la angustia sin miedo al ridículo que supone que, otra vez, como aquellos primeros días, me comporte como un niño muerto de miedo ante la posibilidad de que todo esto no vaya a ir más allá de unos pocos meses... 

Y luego la fiesta se termine.

 

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  • Cosas

    Cuando dejas las redes sociales pierdes promoción para las entradas del blog y los posibles lectores se quedan en cuatro amigos y algún que otro despistado que caiga aquí buscando sabe dios qué cosa. Asiduos debo de tener pocos, aunque también es verdad que nunca me he deslomado buscando seguidores y que escribo más por desahogo que por dar a conocer mis opiniones.

    Sí, he dejado las redes sociales y ahora tengo más tiempo para... perder. Y aunque cada día se me ocurren cosas que decir y contar, me cuesta sentarme frente al teclado y ponerme a ello y lo voy dejando para esa hora que nunca llega. 

    Ha pasado el verano, que empezó bien pero se convirtió pronto en dos visitas diarias al hospital que se llevaron el sol, el calor y esa sensación de no tener nada que hacer que otros años duraba hasta septiembre y de poder elegir cada día un destino, el parque, la playa, una siesta en el sofá, sin planificar nada hasta unos minutos antes de hacerlo, que es como mejor salen las cosas; dos visitas que lo condicionan todo y que convierten el resto del día en tiempo de espera, ya no vas a ninguna parte, comes, duermes y esperas que las matemáticas fallen y que esa pequeña posibilidad entre miles que las estadísticas dicen que está en alguna parte, se cumpla esta vez y no tengas que ir a un entierro que siempre te dio miedo. Aunque sepas que alguna vez llegará, aunque desees que tarde un poquito más. 

    hospitalLa decadencia de septiembre ha llegado antes, como un aviso de que nada es evitable y de que los veranos solo duran el tiempo que tarda en llegar el otoño; por dentro ya no luce tanto el sol y se atisba ese olor a hojas secas y a frío de atardecer, los tonos se vuelven azules y por las mañanas amanece más despacio y con esa niebla húmeda que no te deja salir de la cama. Los hospitales son azules y huelen a frío y a metal y a sala de espera con las ventanas cerradas; dentro del hospital los relojes son un adorno y el tiempo no tiene el mismo significado para los enfermos que para los trabajadores ni corre a la misma velocidad. 

    De una a dos y de siete a ocho, dos horas al día para ver a alguien para quien las otras veintidós no tienen significado, pasan entre pastillas y cambios de postura para no enquilosarse, entre oxígeno y sondas que rezuman podredumbres que el cuerpo expulsa lentamente; son horas en las que se alterna la agonía, el dolor, la rabia, la derrota, horas en las que se llora, se piensa, se sueña, se olvida... Horas entre la espera y la desesperación, se mejora lentamente pero se empeora en segundos, dos pasos hacia adelante y uno y medio hacia atrás, es vivir en un túnel obscuro en el que si aparece una luz no se sabe si es la salida o un tren que viene a arrollarnos. El día que entre lágrimas me dijo que no quería vivir más, salí de allí llorando. 

    La agonía de sentirse enfermo, el miedo a que todo se tuerza todavía más se compensa, aunque solo sea un poco, con el cariño de las personas que cada día se encargan de hacerle la vida un poco más fácil a los enfermos. No conozco sus nombres, apenas tengo tiempo de memorizar sus caras porque cambian cada día, turnos, vacaciones, noches, descansos, pero siempre, absolutamente siempre, están ahí: Atentas a cualquier gesto de dolor, pendientes de que se sientan cómodos, de ahuecar esa almohada o de echarles una manta si tienen frío; de darles de beber, de cambiarles los pañales donde esconden sus miserias. A cada momento entran y sonriendo preguntan -¡Qué tal, princesa!- y comprueban que todo esté en su sitio o le aumentan la dosis de morfina porque tiene un poco de dolor, lo importante no es solo la curación, lo importante es el bienestar, a veces sentirse cuidado, sentirse querido, vale más que los sueros y los antibióticos. 

    Y ellas lo saben hacer. Algo así no se paga con nada del mundo. Algo así no se hace solo porque sea su trabajo. Es mucho más. Si los ángeles existieran, estoy seguro de que serían ellas.

    Las chicas de REA.

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    Ladran los perros en la obscuridad, hay quien dice que llamando a la muerte o anunciándola, otros creen que la huelen y les asusta y por eso responden con esos aullidos lastimeros que hielan la sangre. Ladran de uno en uno, a veces todos juntos, propagando el miedo entre las gentes del pueblo, que se hincan a rezar pidiendo que sea otro el señalado por la guadaña, rogando un día más, unas horas más, poder llegar al alba sin ser llamados a seguir a la siniestra mujer que siega las almas de aquellos a los que ha llegado su hora. Por las calles vacías de la aldea solo se escucha el ulular del aire que se cuela por los canalones y las tejas rotas de las viejas casas; brillan en la negrura de la noche los ojos de un gato en busca de alguna pieza, o quizá de una gata a la que cortejar. En los corrales aún tintinean las esquilas de las vacas que, nerviosas, se resisten al sueño. Y entre todo ello ningún sonido humano, ni el roce de unos pasos, ni el susurro de una voz…

    muerte2En silencio, alrededor de la lareira, las mujeres asen con fuerza los rosarios sobre los que imploran piedad, tercer misterio, la venida del Espíritu Santo… Las mujeres rezan moviendo los labios que emiten una letanía que a base de repetirla ha perdido el sentido y ya solo es un zumbido monótono. Los hombres fuman y hacen solitarios sobre la mesa aún sin recoger los restos de la cena, intentando evitar a la negra dama pasando la noche en vilo, porque todos saben que elegirá a un enfermo, a alguien que se deje vencer por el sueño. Cuando el frío del alba les sorprende a todos cansados y doloridos, renqueantes y anquilosados, cuando ya los perros han dejado de aullar, el llanto de alguna mujer, en alguna casa cercana, rompe el silencio; es la señal que anuncia a los demás que, por esta vez, pueden respirar tranquilos.
  • Muerte

    Hay algo demoníaco en esta lluvia insolente que se pega al cuerpo y que hace sudar bajo la ropa, una lluvia fina que engaña cuando te acaricia la cara, una lluvia de la que no se puede escapar y que corre siempre más que nosotros, llega antes y nos espera riéndose a carcajadas ante esa estúpida idea que a veces nos asalta y que nos hace creer que podemos evitarla.

    Cuando llegué a casa me empapaba una mezcla de lluvia y sudor que traspasaba la ropa y se me pegaba a la piel con una sensación pegajosa que no supe reconocer. Había salido a buscar unos churros, apenas cinco minutos, y no parecía llover tanto, no podía entender cómo me había puesto así. La gabardina, la camisa, los pantalones, habían filtrado el agua como si fueran de papel.

    Había algo en aquella lluvia que se había convertido en un líquido pastoso que me impedía desnudarme, se adhería a la piel y a la ropa de una manera extraña; tardé un buen rato en quitarme los pantalones, que ahora pesaban el doble y se empezaban a acartonar, también la camisa estaba tomando una rara textura, volviéndose rígida encima de la cama.

    Traté de convencerme de que aquello era una pesadilla, no podía ser real, pero empecé a sentir miedo. Ante el espejo mi cuerpo desnudo reflejaba unas manchas obscuras en las partes más húmedas, en el cuello, en la cara y en las rodillas y los codos; me miré las manos, temblando por el nerviosismo, y solté un grito al ver que se habían ajado hasta parecer las de un anciano, con las uñas amarillas y los huesos deformados como por la artrosis.

    Aterrorizado perdí el equilibrio, las piernas dejaron de responderme y caí al suelo; al golpear contra las baldosas del baño noté cómo la sangre salpicaba pero el golpe no había sido tan fuerte. Intenté incorporarme tratando de comprender qué estaba pasando y fue cuando vi que la carne de mis rodillas empezaba a separarse del hueso como carne podrida, descomponiéndose por completo en la parte que había golpeado contra el suelo, que sangraba manchándolo todo. Volví a gritar, ahora fuera de mí, un grito salvaje que no pude escuchar… ¡Dios mío, estaba perdiendo la piel de la cara, las orejas pendían como dos tiras de piel arrancada y sanguinolenta!muerte

    No era posible, la lluvia no podía producir aquellas llagas que cubrían ya gran parte de mi cuerpo; estaba durmiendo, sí, estaba sufriendo una pesadilla, tenía que despertar y me concentré en ello con todas mis fuerzas a pesar del dolor que empezaba a atormentarme, un dolor intenso que me volvía loco, como si estuviera siendo torturado con un hierro candente. No, aquel dolor no era posible soñarlo y pensé que si aumentaba un poco más perdería el conocimiento porque no sería capaz de soportarlo.

    Quise acercarme a la bañera, tal vez si me sumergía bajo la ducha todo aquel emplasto ardiente en que se había convertido la lluvia desapareciera, pero no podía moverme, todo esfuerzo se convertía en un dolor más agudo, en un trozo de carne que perdía mi cuerpo. Noté un líquido caliente en la boca y la presión de la lengua hinchada que apenas me dejaba respirar; vi algunos dientes en el suelo, ni siquiera los había notado caer, la sangre corría ahora por mi rostro nublándome la vista, traté de limpiarla pero mis manos ya no eran más que dos muñones consumidos por aquella lluvia maldita.

    Me agité en el suelo, convulsioné, perdí la noción del tiempo y por mi mente pasó como un relámpago el último beso, el último adiós, la última mirada de Eva, el último café mientras hablábamos, qué ironía, de lo que le gustaba ver la lluvia tras los cristales…

    Luego, durante apenas un segundo, desapareció el dolor y me invadió una gran paz… 

  • María
    La maté un lunes por la mañana mientras la besaba.
     
    María tenía unos labios inalcanzables que me hacían sufrir; tenía unas piernas y un andar sensual y un pantalón por el que algunas veces asomaban su ropa interior de puntos y una espalda morena que se adivinaba suave y que yo planeaba tocar en cada despedida. El borde de sus labios sabía a mermelada caliente y su olor me embriagaba cada mañana y en cada despedida había un roce inocente que me provocaba escalofríos y torturaba mi imaginación. 
     
    La maté un lunes por la mañana mientras la besaba y su sangre era caliente. beso2
     
    María tenía otros hombres y una vida en la que no estaba yo. María conocía el amor y el placer, el desengaño y el sufrimiento; venía a mi vida de paseo y sin querer quedarse. María nunca hizo promesas ni insinuaciones, era aséptica y prudente pero yo absorbía todo lo que ella trataba de contener, su sonrisa y su mirada, unos ojos dentro de los que hubiera querido ahogarme y ese gesto de jugar con el cabello... 
     
    La maté un lunes por la mañana mientras la besaba y ella se resistía. 
     
    María acudía a mis sueños y nunca se lo dije. En ellos se dejaba saborear, me ofrecía sus labios y su calor, consolaba mi llanto con sus abrazos y me decía que no estaba allí. María era la musa de mis novelas y de mis obsesiones, la inspiración que me hizo recuperar las ganas de caminar un poco más y no dejarme caer de una vez en la cuneta. 
     
    La esperé donde siempre y delante de todos acerqué mis labios a los suyos. Abrió mucho los ojos, sorprendida e inmóvil durante unos segundos para luego levemente tratar de separarme. Hundí el cuchillo en su vientre, lentamente, y su sangre roja brotó como una fuente, caliente y húmeda hacia mí. Sus piernas temblaron y se agarró a mi cuello como a un salvavidas.
     
    Entonces noté su aliento en mi boca, su último aliento. 
     
    La maté un lunes por la mañana mientras me abrazaba y todos miraban sin entender nada. 

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Por qué Lo que yo decía...

plumaEmpecé este diario cuando me movía entre asociaciones de vendedores de prensa, hasta que la crisis me alejó del mercado laboral y me obligó a cerrar mi negocio. A pesar de ello decidí mantenerlo porque en algún lugar tenía que plasmar las inquietudes, las dudas y todas esas inevitables preguntas que siempre surgen acerca de mí y del mundo que me rodea.

Ahora, pasados los cincuenta y con la muerte en los talones, todo se ve de otra manera; y sin embargo hay que seguir ahí, soñando, porque por alguna razón todavía estamos vivos.

Siempre hay cosas que decir, siempre hay algo por lo que luchar...

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