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Estando meditando la otra tarde -anda, mira por dónde salen los gerundios perdidos- sobre esas cosas que medita la gente; la vida, la muerte, lo tontos que son algunos, lo inteligentes que somos otros, la imbecilidad humana, los que salen del armario, los que se quedan dentro... ya saben, esas cosas sobre las que se reflexiona en el retrete, cuando vino a mi mente la historia de mi tío-abuelo Saturnino al que solo conocí por fotos. Se la voy a contar a ustedes:

Saturnino nunca salió del armario por culpa de la guerra, de unas filloas y de un jamón en mal estado.

Corría el aciago año de 1.936; mi tío-abuelo Saturnino era, a la sazón, concejal del ayuntamiento de Albadalejo de Arriba, provincia de Lugo. Acérrimo comunista, republicano convencido, ateo y agricultor, Saturnino había saltado a la política para ver si desde el partido y el ayuntamiento, le daba un poco de vida a un pueblo ya en decadencia por aquellas fechas a causa de la emigración. Cuando el levantamiento del 18 de julio, el pueblo quedó en zona nacional, cosa que a Saturnino no le gustaba un pelo, pero tampoco podía hacer nada, así que decidió esperar a ver si aquello pasaba pronto.

Apareció por Albadalejos de Arriba, ya a mediados de agosto, un destacamento de la Guardia Civil con la orden expresa de limpiar el pueblo de rojos, masones, ateos y maleantes en general. La gente, asustada, se metió en sus casas y los guardiaciviles asaltaron la sede del partido comunista, cogieron la lista de afiliados y se dispusieron a fusilarlos por orden alfabético, que juzgar no los juzgaron, pero el orden era el orden. La primera noche cayeron los siete primeros y el cura del pueblo. Lo del cura fue un accidente, porque el muy imbécil se empeñó en confesar a los condenados cuando ya estaban atados a las estacas, se metió en medio y entre que vestía de negro y era de noche, no lo vieron y le pegaron cuatro tiros. A los guardias les dio igual, tampoco es que le tuvieran demasiada simpatía a los curas y uno más o menos no se iba a notar. Pero por si acaso, no dijeron nada y lo enterraron como a un rojo más. En la cuneta.

Ptas W.091DO 530Al no poder salir del pueblo, tomado por la Guardia Civil que seguía fusilando rojos, y viendo que en un par de días le iba a tocar a él, mi tío-abuelo Saturnino decidió esconderse en un armario grande que había en el salón. Como estaba de espaldas a la puerta, si no entrabas y te dabas la vuelta, no lo veías. Le metieron dentro un kilo de filloas, tres botellas de vino, un jamón serrano a medio curar y un cubo grande para que hiciera sus necesidades. “Tú métete ahí, que esto va a durar poco y ya te avisamos cuando puedas salir”, le dijo mi abuela. Y echaron la llave.

Al día siguiente lo vinieron a buscar, pero no lo encontraron. Hasta el final del verano se pasaban cada dos o tres días, registraban otra vez la casa pero nada, Saturnino no aparecía. Mi abuela de vez en cuando le daba unos golpecitos en el armario y Saturnino hacía lo mismo. Con la llegada del invierno las visitas se fueron espaciando, se ve que se estaba más calentito en el cuartel que buscando rojos por la nieve y también se fueron espaciando los golpecitos, hasta que un día Saturnino dejó de golpear.

- ¿Crees que le habrá pasado algo, tendrá hambre? -decía mi abuela a sus hermanos.

- No, mujer no, las filloas y el jamón dan para mucho. Será que sigue enfadado por haber quedado del lado nacional. Tú no te preocupes, que ya saldrá.

“Aquello”, como le llamaban a la guerra, no duró lo poco que pensaban. Cuando al fin, en el 39 la cosa se tranquilizó y la Guardia Civil se fue del pueblo, mi abuela fue a la Comandancia a ver cómo estaban las cosas.

- Saturnino Perales Murillo… Sí, aquí pone que a falta de pruebas que indiquen lo contrario, se le da por muerto o por huido a Francia al principio de la guerra.

Habían pasado tres años. Cuando mi abuela llegó a casa fue directa al armario a llamar a Saturnino.

- ¡Sal, Satur, que ya se acabó el lío y no te busca nadie! ¿Saturnino, me oyes? ¡Te estoy diciendo que ya puedes salir tranquilo!

Pero Saturnino, igual que los últimos años, optó por el silencio.

- Habrá que sacarlo de ahí -decía su sobrina.

- Tú déjalo, ya saldrá cuando quiera, ya sabes que es muy cabezón y no se fía de nadie.

- ¿Os acordáis -decía su hermano, mi tío-abuelo Carlos- lo mal que olía el armario un mes después de que lo metiéramos dentro?

- Bah, eso sería el jamón, que ya os advertí de que no estaba bien curado y cogería humedad. Y el cubo de las deposiciones. Ya visteis que al llegar el invierno dejó de oler.

Y con esto zanjaron la cuestión. Ya saldrá cuando quiera, decían. ¿Y si tiene hambre? Pues que grite y pida más filloas.

Pasaron los años; fallecieron los abuelos y toda su generación, pero la historia de Saturnino seguía viva y de nuestros padres, que en el 39 eran unos niños, pasó a nosotros, sus nietos, sobrino-nietos, primos-nietos, cuñados y demás familia. Saturnino seguía en el armario.

El asunto estaba tan vivo que, cuando en nochebuena se reunía toda la familia, siempre alguien sacaba el tema.

- ¿Y qué, abrimos este año el armario? -soltaba algún primo.

- Ya estamos con lo de todos los años. ¿Para qué quieres abrirlo? Cuando quiera salir ya avisará. Además la ropa que había dentro ya estará pasada de moda.

- ¿Lo seguirá buscando la Guardia Civil?

- Sí, el SEPRONA, porque del armario acaba de salir un bicho así de grande -dijo mi prima la Rompetechos.

- Eso es una cigala que se ha caído de la bandeja, cegata. A ver si te pones gafas de una vez.

- Si abrimos el armario, se muere -se le ocurrió decir a mi cuñado, el “Quimicefa”.

- ¿De qué coño hablas, qué es eso de que si abrimos el armario se muere?

- Pues eso, que se muere. El tío-abuelo Saturnino es como el gato de Schrödinger, ahora Saturnino está vivo y muerto a la vez, pero si abrimos el armario lo matamos.

- Tú ves demasiados documentales de la Dos. Estás enfermo. ¿Cómo va a estar vivo y muerto a la vez? Eres más tonto que un nabo.

- ¿Y si le ponemos en el armario una cruz y una lápida? -soltó mi hermano el beato, que iba para cura pero lo echaron del Seminario por hacerse pajas mientras rezaban el rosario-.

- Era comunista y ateo, la cruz te la voy a poner yo a ti en los cojones. Además, ¿Dónde has visto tú una lápida en un armario ropero? Para eso lo abrimos y lo enterramos como dios manda.

- Pero habría que dar muchas explicaciones, mejor dejadlo como está.

- No se puede abrir, que lo matam…

- ¡Me cago en Schrödinger y en su puta madre! ¿Te quieres callar ya con eso?

- ¿Entonces qué hacemos?

- Vosotros no sé, yo me voy de fiesta.

- Todos los años lo mismo, nosotros sin ponernos de acuerdo y el tío-abuelo sin salir del armario.

saturnino

- ¡Que ya saldrá cuando quiera, coño, no seáis pesados!

- Si cuando lo metieron tenía cuarenta años, ahora andará… -se pone mi tía a contar con los dedos- por los ciento veinte, más o menos.

- Pues a esa edad igual tiene alzheimer y no nos reconoce a ninguno.

- No nos puede reconocer, mamón, porque está en el armario desde antes de que naciéramos.

- ¿Crees que se le habrán terminado las filloas? -suelta mi hermana, que la pobre tiene menos luces que una bicicleta- ¿Le hacemos más?

- Lo que creo es que aunque seas mi hermana, eres gilipollas. Seguro que eres adoptada, sino no me lo explico.

- En fin, otro año que no nos ponemos de acuerdo. A ver si nuestros hijos algún día... Yo también me largo que tengo prisa.

Algunos se fueron de fiesta, más que nada por no comprometerse a abrir el armario. Entre todos los que quedamos se recogió la mesa, se fregaron los platos, se guardó la vajilla de las cenas navideñas. Hasta se recogió la cigala caída al suelo. Nos despedimos unos de otros como si nos quisiéramos y quedamos para la cena de nochebuena del año siguiente.

En la casa del pueblo ya no vive nadie. Solo la abrimos para reunirnos los veinticuatros de diciembre.

Saturnino, tío-abuelo de todos, rojo, republicano, ateo y agricultor; sin lápida ni cruz, con un kilo de filloas, enfermo de alzheimer, tres botellas de vino y un jamón mal curado sigue sin salir del armario que mi abuela cerró con llave en el 36. 

Cuando no tengo tema y aún teniéndolo, creo que ya son conscientes de que casi solo sé hablar de mí. Vanitas vanitatum omnia vanitas. Y eso voy a hacer ahora.

Nunca he sido persona de tomar decisiones; la vida y los demás las han ido tomando siempre por mí. Tampoco me he propuesto nunca grandes metas. Fui un niño rebelde e inconsciente, sin interés en nada más que divertirme y dejarme llevar por el viento que más fuerte soplara en cada momento.

duarteTerminé la EGB con más pena que gloria y muchos números rojos en mis notas. Mis padres decidieron mandarme a hacer Formación Profesional, aunque tampoco es que hubiera más opciones. En lugar del instituto, que es a dónde yo quería ir, pensaron que era mejor un colegio de curas, a ver si me enderezaban e inculcaban en mí un poco de interés en el estudio. Los curas tenían un curioso sistema de discriminación. Tú elegías rama -yo elegí electrónica, que era lo que más me gustaba- pero ellos te hacían unos test que duraban tres días y te mandaban a la rama que les parecía mejor. A mí me tocó instalaciones y líneas eléctricas, eso de poner enchufes y bombillas, pero no era lo que me gustaba. Lo tomas o lo dejas y te vas a otro sitio. Y allí me quedé.

Aquello fue un fracaso estrepitoso. Los curas ponían más interés en los rezos y en las misas, que en enseñarte la profesión.Tras dos años de primer grado de FP y a pesar de mi esfuerzo, no pude pasar al segundo porque al de matemáticas se le metió entre los cuernos suspenderme con un cuatro y medio. Habiendo aprobado las demás asignaturas, no dejarme pasar de grado por una sola era ser un hijo de puta. No le odio porque ya se ha muerto.

Pasé un año en una academia de mecanografía porque mis padres no querían que estuviera a verlas venir; de paso que estudiaba matemáticas aprendía más cosas. Llegué a ser el que más pulsaciones daba escribiendo en una Olivetti ciega. Para lo único que me sirvió fue para, cuando llegó la era de los ordenadores, poder escribir cartas al mismo ritmo que me las dictaban. Tampoco es que fuera un gran mérito.

Me presenté por libre al examen de matemáticas y lo aprobé por misericordia. Luego dicen que no existen los milagros.

A estas alturas -andaba ya por los dieciséis años- seguía sin saber qué hacer de mi vida. No tenía aspiraciones y me importaba todo un carajo. Otra vez decidieron por mí, que me daba igual todo, y empecé, ya en el instituto, el segundo grado de FP. Tardé cuatro años en hacer tres cursos, que otra vez no acabé por una sola asignatura. Ya me habían llamado a filas y tras dos o tres prórrogas por estudios, decidí no pedir más y sacarme la mili de encima de una vez.

La vida seguía tomando las decisiones por mí. La mili -un mes en Vitoria y once en Burgos- daría para dos o tres filípicas como esta. Pero no se asusten no se la voy a contar ahora; a lo mejor no se la cuento nunca.

El resto, todo lo siguiente a mi vuelta a la vida civil, se lo contaré mañana; u otro día que esté inspirado. Por hoy creo que ya es suficiente y dudo que nadie soporte este tocho hasta el final.

Tengan ustedes buenas noches.

20375925 331490107293419 552798324009854626 nCuando la tarde del 24 de diciembre de 1.961 a Franco se le ocurrió salir a cazar en los alrededores del pardo, tuvo la mala suerte de que le reventara la escopeta, rompiéndole un par de dedos. En el parte médico no se atrevieron a poner que había perdido "una falange", no los fueran a fusilar, porque el cachondeo iba a ser de órdago. Así que decidieron hablar de rotura abierta del segundo metacarpiano. 

El parte de Radio Nacional -el resto de emisoras tenía prohibido emitir noticias por su cuenta y estaban obligados a conectar con RNE-, empezaba con un "Estando cazando el Generalísimo..." Así, con dos gerundios que el que redactó la noticia se ve que le sobraban de algún discurso y aprovechó para poner allí, los dos juntitos.

"Estando cazando..." Hay que joderse.

Bueno, pues esa anécdota la recordé ayer mientras pensaba lo que iba a contarles hoy; a mí también me salían dos gerundios, pero, hay que joderse otra vez, porque recuerdo lo de Franco pero no tengo ni puta idea de lo que estaba pergeñando para darles hoy la barrila. 

"Volaba tal que así sobre los rascacielos,
que periodista audaz no compartió mis vuelos,
tal vez sea la edad, tal vez la kriptonita,
hoy vuelo en metro y ya... ni el pito me levita". (Krahe dixit).

Han sido dos días de campo, pero el campo es aburrido cuando no tienes coche y tampoco puedes caminar; está todo lleno de piedras, de tierra y los tullidos como yo o dormimos al sol o damos vueltas alrededor de la casa. Ni el ordenador saqué de la funda, con la depresión que me dió. Era como estar enjaulado. 

A ver si mañana recuerdo qué coño les iba a contar. De momento, buenas noches y que duerman bien.

"Tal vez sea la edad, tal vez la kriptonita..."

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